De acuerdo con los expertos, el virus causante de la COVID-19 es altamente transmisible a través de gotitas y aerosoles, y puede provocar neumonía grave.

A pesar de los conocimientos adquiridos en más de 1 año con la presencia del virus, todavía no hay suficiente evidencia sobre por qué cada persona presenta una sintomatología o reacción distinta ante la enfermedad. Diversos factores que pueden influir son los genéticos, la edad, ser hombre o mujer y las enfermedades previas de la persona, conocidas como comorbilidades.

Pero un factor que también es determinante es la composición de la microbiota de las vías respiratorias superiores o inferiores, o incluso la microbiota intestinal

La microbiota humana está formada por los microorganismos que viven en nuestro cuerpo (mayoritariamente bacterias, pero también hongos, virus y arqueas) y desempeña diversas funciones como la protección frente a patógenos, la síntesis de vitaminas o la captación de energía.

Actualmente se conoce su papel en diferentes aspectos de la salud humana. Y tenemos constancia también de que la disbiosis, o alteración de una microbiota equilibrada, se relaciona con numerosas enfermedades tanto digestivas como no digestivas. Existe una conexión entre la microbiota intestinal y las vías respiratorias, denominada eje intestino-pulmón. Implica que la disbiosis intestinal puede afectar a la inmunidad de los pulmones y viceversa: la microbiota de las vías respiratorias y la inflamación pulmonar pueden provocar disbiosis intestinal.

Se ha observado que los pacientes con COVID-19 presentan una microbiota nasofaríngea diferente de las personas que no desarrollan la enfermedad (controles). Es decir, en sus vías respiratorias escasean algunas bacterias.

Por otro lado, la microbiota se modifica con la edad y en las personas mayores existe un perfil microbiano menos diverso de la microbiota intestinal y faríngea. Eso podría explicar la mayor susceptibilidad de los sujetos mayores a la infección por SARS-CoV-2.

Respecto a la microbiota intestinal y su relación con COVID-19, se sabe que la infección de las células epiteliales del intestino por SARS-CoV-2 puede inducir disbiosis, inflamación intestinal y síntomas gastrointestinales. Además, la disbiosis previa en el paciente puede favorecer que la gravedad de la enfermedad sea mayor.

Debes saber que en el tracto gastrointestinal, la barrera epitelial protege contra la invasión de microorganismos patógenos y ayuda a mantener la tolerancia a los antígenos alimentarios. Si se daña esta barrera, los microorganismos pueden pasar al torrente sanguíneo y llegar a diferentes órganos, incluyendo a los pulmones, alterando la respuesta inmunitaria.

Precisamente en la COVID-19 se produce una respuesta inmunitaria intensa con secreción masiva de citocinas inflamatorias (tormenta de citocinas) que se asocia con un peor pronóstico. No es descabellado pensar que la disbiosis intestinal está relacionada con la respuesta inmunitaria.

Por si fuera poco, desde hace años se conoce que ciertas enfermedades, como la diabetes tipo 2, la obesidad, la hipertensión o la enfermedad coronaria, se relacionan con una importante disbiosis intestinal. También sabemos que la microbiota se va modificando a lo largo de la vida, con tendencia a disbiosis en la edad avanzada, justo cuando somos más vulnerables a la infección por SARS-CoV-2. Todo apunta a que la disbiosis podría favorecer la infección y la diseminación del virus y aumentar la gravedad de la infección.

En la relación microbioma y COVID-19 existe otro aspecto que no se debe olvidar. Es posible que el aislamiento social, el uso de mascarilla y las estrictas medidas de higiene para frenar los contagios del virus influyan negativamente en la diversidad de nuestro microbioma. Precisamente esa disminución de la diversidad podría afectar a nuestra salud en el futuro.

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